FRANCISCO BOLOGNESI, EL TITAN DEL MORRO
FRANCISCO BOLOGNESI, EL TITAN DEL
MORRO
Por:
Eduardo del Aguila Horna
Publicado
en la Revista Vivir Bien, junio 2026
El
mes de junio está marcado por una fecha histórica, como es el 7 de junio en que
se conmemora la Batalla de Arica y jura de la bandera en homenaje a los héroes
de Arica y a su líder el coronel Francisco Bolognesi Cervantes. En su honor
revisemos el historial de su vida.
Hijo del compositor
italiano Andrés Bolognesi y de la arequipeña Juana Cervantes, nació
en Lima, según consta en su partida de bautismo que se conserva en el archivo
arzobispal. A la edad de ocho años se trasladó con su familia a Arequipa donde
cursó estudios en el Colegio Nacional de la Independencia Americana y
posteriormente fue trasladado, por pedido de su madre, al Seminario
Conciliar de San Jerónimo, de la misma ciudad. Se presume que el niño Bolognesi
asistió, al lado de su padre, a la ceremonia de proclamación de
la independencia del Perú realizada en la Plaza de
Armas por el general José de San Martín el 28 de julio de
1821, pues vivía a poca distancia; lo que sí se sabe a ciencia cierta es
que su padre fue uno de los firmantes del Acta de la Declaración de la Independencia del Perú.
A raíz de la muerte de su
padre, dejó el seminario y pasó a trabajar como ayudante en la compañía
comercial de los señores Lebris y Violler, demostrando gran dedicación y
logrando escalar puestos rápidamente. Ello sucedió en el lapso de 1832 a 1840.
A los 19 años de edad ya era tenedor de libros (contador).
En 1840 consiguió capitales
y emprendió un negocio propio, relacionado con la explotación
de coca y cascarilla, en la región montañosa de Carabaya,
situada en el departamento de Puno. Para tal efecto se
unió en sociedad con los señores cusqueños Peña, Nadal y Garmendia y se internó
en esa zona abrupta y boscosa, donde trabó contacto con tribus indígenas.
Carrera militar
El 22 de julio de 1844, le tocó presenciar
la Batalla de Carmen Alto, librada en una localidad vecina
a Arequipa, acción en que las fuerzas constitucionalistas del
general Ramón Castilla derrotaron a las del gobierno de facto del
general Manuel Ignacio de Vivanco. Se cuenta que tuvo la osadía de cruzar,
montado a caballo, la distancia que separaba a ambos contendientes, salvándose
de morir por una descarga cerrada, que lo tumbó de su cabalgadura. Se dice que
Castilla le ofreció un puesto en su ejército, pero Bolognesi optó por
permanecer en la vida civil, arguyendo asuntos familiares y de negocios.
Sin embargo, en 1853, al estallar la tensión
entre Perú y Bolivia, se alistó
y fue seleccionado como segundo al mando de un regimiento de caballería, con el
grado de teniente
coronel. Si bien
no estalló entonces la guerra con Bolivia, Bolognesi eligió permanecer en el
ejército, y con el mismo grado de teniente coronel, pasó a ser 2.º jefe del
Batallón Libres de Arequipa, participando en la revolución contra el entonces presidente Echenique, y cuyo líder era el general Ramón Castilla.
Durante el desarrollo de dicha campaña, fue
nombrado Comisario de Guerra del Ejército Libertador (como se autodenominaba el
ejército rebelde), cuya función era llevar las cuentas del personal y del
material de guerra. Recorrió la sierra peruana acompañando a Castilla y fue
testigo de la firma de los históricos decretos de la abolición del tributo
indígena y de la esclavitud. Luego del triunfo de la revolución en
la batalla de La Palma, librada el 5 de enero de 1855, se mantuvo en el
cargo de Comisario de Guerra, por más de un año, hasta hacer entrega de toda la
documentación correspondiente al Tribunal Nacional de Cuentas.
Finalizada su función de Comisario de Guerra, el 18
de abril de 1856 fue nombrado jefe de la Inspección General del Ejército, de
cuya dependencia se hallaba el Hospital Militar. Luego, el 14 de noviembre,
pasó a ser ayudante de campo o edecán del presidente Ramón Castilla,
lo que demuestra el aprecio que le tenía dicho mandatario. Como militar,
Bolognesi se especializó en el campo de la artillería, volcando para tal fin
sus conocimientos en matemáticas.
En 1856, manteniéndose fiel al gobierno, participó
en la guerra civil, que tuvo su punto de partida en el estallido de la
revolución del general Manuel Ignacio de Vivanco en Arequipa. Formó parte de la división del general Manuel
Layseca, que Castilla envió al Norte y que ocupó la ciudad de Trujillo, en
diciembre de 1856. Bolognesi era el segundo jefe de la columna de Infantería,
siendo el primer jefe el entonces teniente coronel Tomás Gutiérrez. Este
fue su primer cargo netamente castrense, pues hasta entonces solo había
desempeñado funciones administrativas relacionadas con su conocimiento de
contabilidad. En marzo de 1857, era jefe de la Sección de artillería, de la División
Pacificadora.
Durante la campaña final sobre Arequipa, Bolognesi
ejercía como jefe del Escuadrón Volante de Artillería. Participó en
el sitio y asalto de dicha ciudad de 6 a 7 de marzo de 1858. Manejó
hábilmente dos obuses sobre el fuerte Santa Rosa y recibió dos balas en el
muslo derecho, siendo atendido por el médico personal de Castilla. En mérito a su actuación, fue ascendido al
grado de coronel efectivo de artillería, el 10 de marzo de
1858. Como dato anecdótico, en la toma de Arequipa participó también, en
las fuerzas castillistas, el entonces teniente Andrés A. Cáceres, el
futuro Brujo de los Andes, otro de los grandes héroes peruanos de la guerra con
Chile de 1879-1883.
En 1859, Bolognesi asistió a la campaña del
Ecuador, embarcándose con el Escuadrón Volante de Artillería en la
fragata Amazonas. En dicha campaña no hubo ninguna acción de armas.
Terminada la campaña ecuatoriana, el gobierno de
Castilla lo envió a Europa para que se perfeccionara en el arma de
artillería, y a la vez le encargó la compra de cañones y fusiles con ánima
rayada, para el uso del ejército peruano. Regresó al Perú el 18 de enero de
1862, trayendo en total 54 cañones, armamento que fue saludado con regocijo por
la población y fue probado con éxito en las playas de Conchán. Aunque no
faltaron quienes, a través de la prensa, criticaron las adquisiciones. Bolognesi
respondió en defensa del cuerpo de Artillería a través de un artículo que se
publicó en el diario El Comercio, el 7 de abril de 1862.
Se cuenta que, en medio de la algarabía causada por la adquisición de
esos cañones, alguien dijo que, con tal armamento, ya nadie se atrevería a
hacer una revolución a Castilla. Bolognesi le respondió: «Prefiero reventarlos
yo mismo, antes de que sirvan para matarse entre peruanos.»
El 12 de mayo de 1862 se hizo cargo nuevamente del Escuadrón Volante de
Artillería como su Primer jefe. Accidentalmente asumió la jefatura de la
Comandancia General de Artillería.
Viajó nuevamente comisionado a Europa en 1864, esta
vez con la misión de adquirir los poderosos cañones Blakely, los mismos
que envió al Perú, mientras que continuaba en el Viejo Continente negociando la
adquisición de fusiles. Aquellos Blakely serían usados durante el combate
del Callao del 2 de mayo de 1866, contra la flota española del Pacífico,
aunque Bolognesi no alcanzó a pelear en dicho combate, por hallarse en ese
momento en Guayaquil, en pleno viaje de retorno. En total, trajo al Perú
veinticinco mil fusiles, cuatro mil carabinas, doce cañones de acero de gran
calibre, y los proyectiles y municiones necesarios.
Pese a haber desempeñado con éxito su misión en
Europa, la dictadura de Mariano Ignacio Prado no lo repuso en su
cargo de jefe del Escuadrón Volante de Artillería, ni le dio otro puesto
importante acorde a su capacidad. Estando en tal situación, Bolognesi se
involucró en una conspiración en 1867, en el marco de la revolución
constitucional contra el régimen de Prado. Fue apresado junto con el
coronel Mariano Vargas, al descubrirse los planes que se tramaban en su propio
domicilio. Fue liberado a los pocos días, pero nuevamente fue apresado, junto a
los coroneles Erausquin y Ríos. Fue confinado en el pontón Potao, en
el Callao, y después en Islay, donde permaneció hasta la caída de
Prado en enero de 1868.
Producido el cambio de mando del país, se
requirieron nuevamente de sus servicios. Empezó por ser nombrado comandante
general de las Baterías de Arica. El 4 de marzo de 1868, instalado ya en Lima
el gobierno provisorio de Pedro Diez Canseco, fue nombrado primer jefe del
Regimiento de Artillería de la plaza del Callao. Luego pasó a ser comandante
general de las Baterías de la misma plaza. Ejerció al mismo tiempo el cargo de
gobernador civil del Callao.
El gobierno de José Balta, instalado en agosto
de 1868, lo eligió para integrar la comisión enviada a Europa para adquirir
artillería y armamento. Dejó entonces su cargo de comandante de las Baterías
del Callao, con fecha de 9 de noviembre de 1868. Fue su tercer viaje
comisionado al viejo continente. Regresó en julio de 1870, trayendo
fusiles Comblain (los primeros en llegar al Perú), entre otro tipo de
armamento y vituallas.
Nuevamente, tal como había ocurrido en su segundo retorno de Europa de
1866, no pudo reincorporarse al servicio, pues al parecer se había indispuesto
con el presidente Balta. Permaneció «suelto en plaza» durante un año y tres
meses, hasta que en 30 de octubre de 1871 empezó a tramitar su licencia
indefinida, que obtuvo en junio de 1872, con una irrisoria pensión mensual. Lo
de licencia indefinida se entiende no como una separación definitiva del
servicio, sino que eventualmente podría volver si el gobierno así lo
considerase.
Guerra con Chile: Campaña del
Sur. San Francisco y Tarapacá
Al estallar la guerra
con Chile en 5 de abril de 1879, Bolognesi, de 62 años de edad, se
reincorporó al servicio militar, como ayudante mayor de la primera sección del
Ejército destinado a operar en la campaña terrestre del Sur. Fue el mismo general
en jefe de dicho ejército, Juan Buendía, quien le solicitó que retornara
al servicio.
Partió entonces
hacia Iquique para asumir sus funciones. Unos meses después, con
motivo de la visita del presidente Mariano Ignacio Prado para pasar
revista al Ejército del Sur, y por el fallecimiento en un accidente ferroviario
del coronel Alejandro Bezada, Bolognesi pasó a ser jefe de la Tercera División
del Ejército del Sur, formada por los batallones Ayacucho N.º 2 y Guardias de
Arequipa, de 796 efectivos en total. En tal calidad participó activamente en
las acciones contra las fuerzas chilenas a lo largo de la campaña de Tarapacá.
Estuvo en la batalla de
San Francisco, librada en 19 de noviembre de 1879. Al frente de la Tercera
División formó en el ala izquierda y respondió el ataque enemigo junto con la
Primera División del general Manuel Velarde Seoane y la división
boliviana del general Pedro Villamil. Pero al producirse el desbande de los
bolivianos, y desatarse un desorden generalizado, optó por retroceder con su
división en perfecto orden hacia El Porvenir.
Participó luego en
la batalla de Tarapacá, librada el 27 de noviembre de 1879, a pesar de
encontrarse muy enfermo de fiebre, soportando las diez horas que duró la lucha.
Con los efectivos de su división, disminuidos a 680 soldados, ocupó la pendiente
del cerro de Tarapacá. Uno de sus soldados, Mariano de los Santos, capturó
el estandarte del regimiento segundo de línea del enemigo. Se dice que al final
de la batalla, Bolognesi expresó: «Las balas chilenas apenas llegan a las
suelas de mi bota», aludiendo irónicamente a un disparo que le había arrancado
un tacón de sus granaderas. Finalmente, condujo la penosa retirada de las
tropas peruanas hacia Arica, dando muestras de gran energía, pese a su edad.
La defensa de Arica
El 3 de abril de 1880,
Francisco Bolognesi asumió el mando del puerto peruano de Arica, sitiado
por las fuerzas chilenas al mando del general Manuel Baquedano. Bolognesi
disponía apenas de poco más o menos de 1500 hombres, mal pertrechados y con
escasas municiones; sin embargo, aceptó la misión y demostrando una actividad y
un entusiasmo extraordinarios, procedió a levantar fortificaciones en Arica.
Ordenó la construcción de tres baterías o fuertes en la playa, que eran el
"San José", el "Santa Rosa" y el "Dos de Mayo", y
en el Morro, por el lado Este, otros dos fuertes, llamados
"Ciudadela" y el "Este", para defenderlo de un posible
ataque por ese lado. Estas construcciones se realizaron a base de sacos llenos
de arena. Entre los fuertes de la playa y los del Morro ordenó levantar una
muralla, también con sacos de arena. Además, formó partidas de caballería para
que vigilaran por el norte y por el sur; mejoró la alimentación de la tropa; y
ordenó el tendido de una triple red de minas (dinamita camuflada), las cuales
debían activarse eléctricamente. Este último trabajo estuvo a cargo del
ingeniero Teodoro Elmore, iniciando su ejecución el 2 de junio de 1880;
sin embargo, debido a la falta de recursos y tiempo, no llegarían a funcionar
idóneamente. Y desafortunadamente, Elmore fue capturado por los chilenos días
antes de la batalla. Al llegar a Arica la noticia de la derrota del ejército
aliado peruano-boliviano en la batalla de Tacna, librada el 26 de mayo,
Bolognesi convocó a una junta de sus jefes, a la que asistieron 27 de ellos. El
acuerdo unánime que se tomó fue el de morir antes que rendirse y de agilizar
los trabajos de fortificación de la plaza. Hubo solo una voz discordante, la
del coronel Agustín Belaunde, comandante del batallón Cazadores de Piérola, el
cual se mostró a favor de la capitulación. Se dice que poco después, Belaunde
fugó hacia Tacna, escapando de un arresto que se le impuso como medida
disciplinaria. Bolognesi y los defensores de Arica guardaban la esperanza de la
llegada de refuerzos. En efecto, una división al mando del coronel Segundo
Leiva, de unos 3000 hombres, había salido de Arequipa poco antes de la batalla de Tacna, pero se retrasó
y llegó a participar en dicha acción. Bolognesi envió dos telegramas a
Arequipa, fechados el 3 y el 5 de junio, respectivamente, donde se denota su
esperanza concentrada en la siguiente frase, que se ha hecho proverbial: «Apure
Leiva». Sin embargo, la ayuda nunca llegaría.
El 5 de junio de 1880, el mayor Juan
de la Cruz Salvo fue
enviado por el mando chileno, como parlamentario para intimar a Bolognesi la
rendición de Arica. Salvo hizo énfasis en que la enorme diferencia numérica de
soldados, armamento y logística entre ambas fuerzas resultaría en un inútil
derramamiento de sangre. Bolognesi le respondió: “Tengo deberes sagrados
que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”, y repitió
su respuesta en presencia de sus oficiales y con el completo respaldo de estos.
Los oficiales que acompañaron al Bolognesi en la «sala de la respuesta» eran,
según la lista establecida por el historiador Gerardo Vargas, los siguientes:
el capitán de navío Juan Guillermo More; los coroneles José
Joaquín Inclán, Justo Arias y Aragüés, Marcelino
Varela, Alfonso
Ugarte y Mariano
E. Bustamante; los tenientes coroneles Manuel J. La Torre, Ramón
Zavala,
Benigno Cornejo, Francisco Chocano, Juan Pablo Ayllón y Roque
Sáenz Peña;
y el capitán de fragata José Sánchez Lagomarsino (comandante del
monitor Manco Cápac). Otra versión incluye a
los tenientes coroneles Ricardo O'Donovan y Francisco
Cornejo. El 6 de junio hubo un último intento del mando chileno de
intimar a la rendición a Bolognesi, enviando en calidad de parlamentario al
ingeniero Elmore. Pero el mando peruano se negó a recibirlo como tal, pues
siendo Elmore un prisionero peruano, contrariaba las prescripciones militares
del caso. Antes de regresar al campamento chileno, Elmore aprovechó la
oportunidad para describir a sus compatriotas la situación del lado chileno y
les previno que el ataque enemigo vendría por el sector Este, como efectivamente
ocurriría. Tras varios días de sitio y bombardeo, y debido a las numerosas
bajas recibidas en el intento de doblegar a las defensas peruanas de Arica por
vía marítima, el mando chileno acordó finalmente un ataque masivo terrestre. El
encargado de dirigir la operación fue el coronel Pedro
Lagos.
Previamente, se realizó un masivo bombardeo sobre Arica.
En la madrugada de 7 de junio de 1880, los chilenos desataron el
asalto de Arica por el sector Este, donde se hallaban los fuertes Ciudadela y
Este. Se inició así la batalla de Arica. La primera acometida
chilena la recibió el fuerte Ciudadela, donde dieron férrea resistencia los
batallones Granaderos de Tacna y Artesanos de Arica. Allí murió luchando
bravamente el coronel Justo Arias y Aragüés y destacó el
cabo Alfredo Maldonado, que voló a costa de su vida el polvorín, lo
que mató a diez soldados chilenos y a otros más peruanos. Ello originó la feroz
represión de los chilenos, que lanzaron la consigna de no hacer prisioneros.
Caída la Ciudadela, el fuerte Este
concentró la arremetida chilena; su jefe, el coronel Marcelino Varela,
resultó herido y fue reemplazado por el comandante Francisco Chocano. En la
defensa de este fuerte cayeron José Joaquín Inclán (comandante
general de la VII División), Ricardo O'Donovan (jefe del Estado Mayor
de la VII División) y Francisco Cornejo (segundo jefe del batallón Cazadores de
Piérola). Caídos los fuertes Ciudadela y Este, Bolognesi ordenó a los
batallones Iquique y Tarapacá (que se hallaban en el sector Norte) que se
replegaran hacia el Morro; estos batallones estaban al mando del
coronel Alfonso Ugarte. En esta maniobra cayeron el teniente
coronel Ramón Zavala (jefe del batallón Tarapacá) y Benigno Cornejo
(segundo de Zavala), así como el coronel Mariano Bustamante (jefe de
Estado Mayor de la VIII División). Bolognesi intentó también activar las minas
que harían volar el Morro, pero estas no funcionaron. En el Morro se
concentraron 400 defensores peruanos al mando de Bolognesi, Manuel J. La Torre,
Alfonso Ugarte, Roque Sáenz Peña y Juan Guillermo More. Los chilenos asaltaron
el Morro avanzando desde Cerro Gordo. En medio de la feroz pelea cuerpo a
cuerpo que se desarrolló en la cima del Morro, el coronel Bolognesi cayó herido
de bala, pero aun así empuñó su revólver para seguir luchando, instante en el
que murió por efecto de un culatazo en la cabeza (otra versión habla de un
balazo) y sus restos fueron defendidos por sus soldados hasta el exterminio de
estos. Al lado de Bolognesi sucumbió el capitán de navío Juan
Guillermo More, jefe de las baterías del Morro, que se batió hasta el último
instante de su vida con un revólver y una espada en cada mano, justo como había
jurado tras perder a la fragata blindada Independencia. Otra
escena considerada heroica lo dio el sargento mayor Armando Blondel,
tercer jefe del Artesanos de Tacna, quien junto con cuatro soldados defendió el
pabellón peruano, hasta caer bajo las balas enemigas. Luego, el coronel Alfonso
Ugarte, según una versión transmitida por el historiador Clements Markham,
tomó el pabellón y montado a caballo se lanzó desde lo alto del Morro hacia el
precipicio. En el sector Norte, el teniente coronel Juan Pablo Ayllón,
hizo volar las Baterías San José, Dos de Mayo y Santa Rosa, para que no cayeran
en poder del enemigo. Por su parte, el comandante Lagomarsino hundió a su
buque, el monitor Manco Cápac. Murieron en Arica unos 900
defensores peruanos, es decir, casi los dos tercios de las fuerzas totales; el
resto fue tomado prisionero. Tan elevado número de víctimas peruanas se debió a
que muchos heridos y prisioneros fueron fusilados por los chilenos. Hubo
también saqueos, incendios y ataques a los consulados, entre otros desmanes
desatados por las tropas vencedoras. Todos estos excesos se dieron, a decir de
los mismos chilenos, en represalia por la explosión de algunas minas durante la
batalla, que les causaron algunas bajas.
Al termino de la batalla solo quedo el
silencio, retumbando en el espacio la respuesta del héroe “Tengo deberes
sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”
Referencia Bibliográfica
(1)Wikipedia Francisco Bolognesi
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